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La Opinión
Publication Date: 
Mon, 02/09/2009

Jóvenes egresados de universidades prestigiosas regresan a Los Ángeles para servir a su comunidad
Rubén Moreno | 2009-02-09 | La Opinión

Son jóvenes, hijos de inmigrantes, que hasta la edad de entrar a la universidad el único mundo que conocían era el barrio del sur o del este de Los Ángeles donde crecieron. De valores tradicionales, como suelen ser las familias hispanas, pero con el impulso que caracteriza a una parte de la juventud de hoy por querer salir adelante.
El mayor reto que tuvieron que superar fue el de que creyeran en ellos. Y también creer en sí mismos. Querían superarse, y por eso decidieron estudiar. Lo que no esperaban es ser admitidos entre las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, pero eso no les cambió el compromiso que sentían.
Egresados de Harvard, Yale, Brown y Stanford, son chicos y chicas anónimos para la mayoría de la gente —pero héroes para sus familias— que decidieron regresar a su comunidad en lugar de buscar un puesto que tendrían casi asegurado en cualquier corporación multimillonaria.
"Sabía que quería desarrollar un papel que tuviera impacto en la comunidad. No quería ser una más sentada en una compañía grande aunque los salarios sean más altos, porque si nosotros no regresamos a ayudar a la comunidad, ¿entonces quién lo hará?", dijo Jazmín Faccuseh, quien en 2007 se graduó en Stanford especializada en ciencias de tecnológica.
Ahora, esta joven que cursó la secundaria en la escuela Garfield, trabaja en una organización sin fines de lucro en Boyle Heights, y en sus ratos libres es voluntaria del movimiento que busca la independencia municipal del Este de Los Ángeles.
Daniel Rodríguez trabaja en la misma organización y, aunque se licenció de economía en la Universidad Brown, asegura que su lugar está en el barrio que lo vio crecer.
"Tuve muchos compañeros que se fueron a compañías financieras grandes, pero yo quería hacer algo en la comunidad", dijo el joven de 23 años, que también cursó en la Garfield. "Trabajé en un banco por algunos meses, pero no era lo que yo quería".
Su misión ahora es "ayudar a la gente de la comunidad a que entienda sus finanzas y a aquellos que están en riesgo de perder sus casas, porque aunque hay muchas personas que no están educadas, sí son inteligentes".
"Lo que pasa es que la falta de información hace que caigan en las mismas cosas de siempre", señaló.
Aunque no han cumplido el cuarto de siglo de vida, jóvenes como Jazmín y Daniel ya están haciendo la diferencia en su barrio porque, como ellos mismos reconocen, ser hijos de inmigrantes y haber abierto la ventana del mundo les ha permitido conocer mejor lo que necesitan los suyos.
Y en estos casos, los suyos son también sus vecinos. Los de la puerta de al lado, y los de algunas cuadras más allá, aunque no los conozcan, pero por los que pueden marcar la diferencia.
"La falta de información es lo que frena las oportunidades a los adolescentes de hoy en día", comentó Marisol León, quien enseña en la intermedia Johnny Cochran, en el sur de Los Ángeles, el mismo campus en el que estudió, y al que decidió regresar tras licenciarse de estudios latinoamericanos en la Universidad de Yale.
"Siento que ésta es mi responsabilidad, y para mis estudiantes soy un ejemplo de que pueden lograr aquello que se propongan cuando ven que yo estudié aquí y que vivo a dos cuadras de la escuela", señaló la maestra, de 23 años, quien rechazó ofertas de compañías que pagaban mucho más dinero.
"El sistema de valores nos dice que el éxito siempre se mide por el dinero, pero para mí no tiene que ver nada con eso, si no con que multipliquemos nuestras experiencias y conocimientos, porque de lo contrario no vamos a prosperar", añadió. "Darle la espalda a la comunidad no tendría ningún sentido".
"Los estudiantes de hoy en día necesitan un modelo en quién fijarse, hacerles ver que pueden superarse y que no hay barreras que no puedan vencer", dijo Beatrice Viramontes, quien creció en Montebello y a sus 22 años enseña ciencias en una escuela intermedia cerca del centro de Los Ángeles, tras haberse titulado de antropología el año pasado en Harvard.
"Si Harvard fue difícil, enseñar lo es aún mucho más, porque tenemos muchos estudiantes y cada uno es diferente, con sus propios problemas y aprenden a un ritmo diferente", agregó. "Por eso es importante que regresemos a nuestros barrios, porque podemos ayudarles sabiendo los problemas que tienen, que son los mismos que tuvimos nosotros".
Y entre esos problemas también está el confrontamiento con la misma familia que, por falta de información, puede detener los planes de los estudiantes por querer superarse.
"Mi familia quería que estudiara aquí, se les hacía difícil que saliera de casa sin vestido blanco. Mi papá no me apoyó al principio cuando fui a la universidad, porque ni siquiera entendía la diferencia entre Yale y el colegio de Santa Mónica. Pensaba que eran lo mismo", dijo Marisol.
Algo parecido le sucedió a Jazmín.
"Lo único que habían escuchado mis padres sobre Stanford es que ahí había estudiado la hija de los Clinton", señaló. "Querían que estudiara cerca de casa y mi mamá me decía que ella me llevaría todos los días a la universidad, porque no aceptaban que saliera de casa hasta que me casara".
Por eso, todos ellos coinciden en señalar no sólo que los jóvenes de hoy en día se atrevan a soñar y a perseguir sus metas, sino que los mismos padres entiendan que en su casa pueden tener un líder del mañana, al que deben apoyar cuando quiera progresar, para que en el futuro pueda retribuir a la comunidad.